dijous, 11 de novembre de 2010

DESDADOS

En un lejano país, cerca del fin del mundo, habitaban los desheredados. No estaban allí porque alguien les hubiese enviado, se iban por su propia voluntad. Allá, en Desdados, no mandaba nadie, no había gobierno ni policía ni ejército; no practicaban ninguna religión ni tampoco se regían por ninguna norma. Lo que les unía era que todos eran desheredados de una u otra causa o cosa, incluso los había auto-desheredados de todo. La vida allí era apacible, ni feliz ni infeliz; ni mejor ni peor. Pero tanto corrió la voz de la placidez con que se vivía en Desdados, que pronto empezaron a llegar gentes neo-desheredadas y, más adelante otras no-desheredadas, luego excursionistas, turistas, y poco después... Mucho cambió la cosa, ¿para qué continuar? Moraleja: si un día descubres un restaurante donde se come bien, bien de precio y tranquilo; donde, además, se pueda fumar sin molestar: sé solidario y no se lo digas a nadie.