dimarts, 30 de novembre de 2010

Mudanza

De vuelta a casa después de una dura mañana de trabajo, coincidí en el vestíbulo con una señora cargada con bolsas de supermercado; amablemente le abrí la puerta del ascensor y, aunque ella se bajaba antes que yo, le cedí el paso. Yo vivo en el quinto y ella iba al tercero a visitar a su hermana, ya mayor, que vivía sola y que ya llevaba una semana enferma. Me dijo que le había hecho la compra y que aprovechando que estaba aquí le prepararía comida para un par de días. Me lo contaba mientras subíamos y entretanto le sacaba las bolsas del ascensor y ella estaba abriendo la puerta del piso. Puestos, se las entré hasta la cocina a la que –dado que todos los pisos del edificio son iguales– llegé sin ninguna dificultad, mientras ella iba a tranquilizar a su hermana diciéndole que ya había llegado y que un vecino muy amable le estaba preparando la comida y que luego le daría las medicinas que también había traído y que, como todo estaba en orden, ella se iba pues tenía el día muy ocupado y no se podía quedar ni un minuto más; que ya volvería la semana que viene. Cuando reaccioné, la señora –que luego supe se llamaba Remedios– ya se había evaporado y yo estaba en la cocina sacando la compra de las bolsas. No sé todavía porqué, pero hice la comida, comí con ella y luego le di el jarabe y las pastillas, y después de comer me volví al trabajo. Aurora –que así se llama la anciana enferma– tenía un simple constipado del que pronto se repuso; es una persona encantadora y muy divertida, y yo no he vuelto a subir al quinto, me he mudado. De Remedios no hemos vuelto a saber.