diumenge, 19 de desembre de 2010

A propósito

Como si siempre fuese la primera, nos emperramos una y otra vez cada uno de enero y cada septiembre a la vuelta de vacaciones, con nuestros viejos, nuevos o renovados propósitos de ser mejores, mejorar nuestro entorno y, de paso, el mundo en general. Y lo hacemos a sabiendas de que en esta ocasión tampoco lo lograremos porque también, como siempre, nos empecinamos –pero aquí más astutamente– en cometer los mismos o parecidos errores. Nada que no sepamos. Incluso que estos, los errores, son nuestro secreto mecanismo de defensa para no tener ni siquiera que intentar, seriamente, alcanzar los objetivos marcados. ¡Que trabajón, sino! De otra parte, quizás no supiésemos vivir sin estos ciclos: proponerse, relajarse y decaer, para volver a proponerse a uno mismo en un engrasado vaivén vital que nos justifica como seres vivos y pensantes. ¡Cuan complicado que resulta, al final, vivir! Por lo que a mi respeta, en mi afán por simplificar lo incomprensible, creo que este final de año no me voy a proponer absolutamente nada, por ver si resulta más llevadero. Aunque sin poderlo evitar ya me estoy proponiendo antes de hora. No hay manera.