dilluns, 28 de febrer de 2011

Nos hemos salvado

Tenemos asociado el previo rechinar de los neumáticos al frenar en el asfalto, con el estrepitoso sonido seco, latoso y arrastrado, con destellos de cristal en añicos, producido por el choque unos segundos después. A continuación, una sensación de silencio –que no es tal– como si la ciudad entera se parara completamente durante unos instantes. En una gran ciudad es raro el día que no hay más de un accidente: colisiones de coche contra coche, coche contra moto, moto contra furgoneta y, por supuesto, con los consiguientes daños colaterales en forma de personas. Por eso cuando, andando por la acera, cruzando un paso de peatones, o simplemente sentados en un banco, oímos el precario i angustiante rechinar en el asfalto, un escalofrío nos suspende en el aire durante esos pocos segundos previos al temible desenlace. Entonces, los unos sin dejar de andar, los otros sin moverse del banco e, incluso, algunos acelerando el paso al cruzar el semáforo, todos, experimentamos un ligero movimiento muscular en forma de mueca (¡mecachis!), un leve encogimiento de hombros (¡joder!), un súbito giro de cabeza o de medio torso temiendo la cercanía (¡casi me pilla!). Apenas un minuto después todo vuelve a la normalidad –anormal– dejando una estela de: alguien ha pringado, suerte que yo no pasaba por ahí, están todos locos, cualquier día me toca a mí... Y a lo lejos se empiezan a oír las sirenas de policía y ambulancias. ¡Uf! por esta vez no seremos nosotros quienes iremos en ellas. Una vez más nos hemos salvado.