dissabte, 23 de juny de 2012

Una muerte traidora


Sabía que era el momento, sabía que ella iba a venir pero no sabía ni por donde ni cuando. Él había llegado hasta aquella colina en coche; hasta aquí podía presumir de haber sorteado todas las predicciones, no moriría en un accidente de tráfico. Una vez en el lugar, buscó el árbol más alto y se encaramó en él, desde allí podía ver todo el valle. Con el sol ya declinando, el paisaje se fue tiñendo de claroscuros cada vez menos claros y de sombras cada vez más ausentes. Al margen de que el crepúsculo fuese el más bello o no, lo primordial era poder vislumbrar claramente los caminos por donde ella podría arribar; oscurecía demasiado deprisa para su gusto y tenía que poder verla para poder esquivarla. Aún así, conocía bien la zona y sus senderos y no le fue difícil localizarlos. Después buscó la rama del árbol que le ofreciese el mejor ángulo de visión y se sentó en ella a esperar, sabía que sólo podía venir por uno de los dos senderos que flanqueaban el llano y, con la mirada clavada en ellos, ya sólo le faltaba saber cuando. Estaba inquieto, la imprevisión siempre le producía ansiedad, pero no tardó en oscurecer y no tuvo que esperar demasiado. Fue algo muy fugaz: le pareció ver el reflejo de la luna en algo que no identifico; perdió el equilibrio y, al chocar contra el suelo, justo antes que su cabeza diese con el capó de su propio coche, la vio. Era ella, estaba allí y la luna se reflejaba en su daga. Que traidora –pensó él, antes de expirar– a veces da pistas pero nunca tantas como para poder evitarla.